18/03/2010
11:44
A oscuras veo claro
Julià Castelló
Si te quedas sin luz, ni calefacción, ni Internet y las pilas que necesitas para la radio ya se han acabado te encuentras en una situación muy y muy diferente a la habitual. Como tampoco puedes ir al trabajo, que tiene los mismos problemas para funcionar que tú en tu casa, tienes mucho tiempo para pensar.
El primer día piensas en quién tiene la culpa de que la luz no te llegue. Maldices al gobierno, crees que el ayuntamiento no espabila lo suficiente y chocas finalmente contra el telón de fondo de la compañía eléctrica, que sabía perfectamente que esto podía pasar. Estos postes triturados, con apariencia de plastilina aplastada, no están construidos para aguantar nevadas. Un amigo prejubilado de FECSA era técnico de la compañía cuando se instalaron y me dice que, simplemente, no están previstos para nevadas. Como mucho, para vientos hasta 120 km/h. Si se juntan nieve y viento el resultado es media provincia de Girona a oscuras durante cinco días como mínimo. No menciono el resto del territorio, donde la cosa no duró tanto.
El tiempo avanza y cuando el termómetro baja hasta 10, a 8, a 4, a 2, o bajo cero en alguna casa entonces no puedes hacer nada más que envolverte en una manta, echarle paciencia, coger un libro mientras hay luz –las velas son poco prácticas para leer– y, cuando te hartas, recuerdas otras situaciones similares. Los años cuarenta, o 50, o 80 o ya en 2000. En mi caso "la nevada" es la del 62. O sea que, señores de FECSA-ENDESA, la compañía ha cambiado de nombre, pero las nevadas que nos dejan sin luz han ido cayendo con cierta regularidad. Tiempo de sobra para reflexionar, como dicen que deben hacer ahora, para decidir si los postes tienen que ser más fuertes o no.
Pasan las noches frías y reflexionas aún más. Y resulta que, en el 62, el taller de casa funcionaba porque había un motor de gasolina que hacía mover las máquinas a través de un embarrado cuando no había luz. La época de las restricciones estaba todavía cercana. Por el mismo motivo teníamos un petromax de camisa de seda y luz de gasolina colgado en el comedor. Y botellas de champán llenas de agua caliente para los sábanas helados de antes de acostarse, y la cocina económica de leña que calentaba el agua que hiciera falta, para lavarse y para cocinar.
Éramos menos dependientes de las grandes empresas que ahora. La pobre Catalunya de antes del boom económico y turístico tenía fuentes más diversas para alimentar sus necesidades energéticas básicas. No teníamos tantas necesidades, también es verdad.
¿No habría que sacar lecciones de esta memoria de nieves? Gastar menos energía, acudir a las fuentes diversas y más cercanas que nos la proporcionen y, ahora que hay un gobierno que se debe al pueblo, no como en el 62, que haga cumplir a las compañías su finalidad de servicio público y encontrar el modo de que esto no vuelva a pasar y... ¡lo veo todo muy claro!
¡Incluso mis ojos lo ven más claro! ¡Es que ha vuelto la luz! ¡Ya no pasaremos frío! Arranca la tele, pon la radio, enchufa el móvil, ve a llenar el depósito del coche, llama a la suegra ... ¿qué decíamos que gastar menos?