26/08/2010
La tragedia afgana
Manuel Fernando González
Este calor asfixiante no trae consigo más que malas noticias. El asesinato en el lejano Afganistán de dos guardias civiles y su intérprete, a manos de un infiltrado talibán, nos devuelve a primer plano un conflicto interminable, en un país de guerreros y contrabandistas, que sólo quieren vivir bajo el mando de sus jefes de tribu, que en Norteamérica pasarían perfectamente por capos de cualquiera de las mafias existentes y con los que Puzzo escribiría, sin lugar a dudas, una versión fundamentalista de Il Padrino. Estamos allí porque la sociedad occidental ha decidido jugársela por una democracia inexistente y también porque es zona de paso de unos recursos energéticos que han de explotarse en Uzbekistán, y Tayikistán. Un pastel del que no disfrutaremos los españoles, ni creo que tampoco países como Francia y Estados Unidos, muy interesados en el tema al igual que los rusos Por si fuera poco, a uno de sus vecinos, Pakistán, les amargan la vida siendo su frontera proveedora natural de los suicidas de Al Qaeda que, teniendo a sus jefes tan cerca, reciben instrucciones directas para acabar con la vida de cuanto occidental se les ponga a tiro. Y en ese fregado estamos metidos de lleno. No podemos irnos, porque nos convertiríamos en unos parias de la política internacional, pero tampoco podernos quedarnos mucho tiempo, porque no tenemos recursos, ni económicos ni humanos, para permanecer en la zona indefinidamente. El asesinato de nuestros guardias civiles es, además, especialmente doloroso, porque actuaban en este desgraciado país en calidad de instructores de un alumno que, al final, resultó ser un terrorista que pasó completamente desapercibido para sus compatriotas y para nuestros propios policías. Una desgracia, que no será la última y que nos cuesta cada vez más asimilar como consecuencia de una misión de paz peligrosa, aunque ésta tenga el plácet de la ONU, de la OTAN o del mismísimo Vaticano. Son dos crímenes absurdos, inútiles y que sirven de muy poco para conseguir una paz duradera, desoladora verdad que hoy en día ya casi nadie discute.