Curiosos e incondicionales llenaban el Teatre Joventut de L'Hospitalet para ver la nueva obra de Albert Pla, 'La diferencia', que presentaba dentro del festival BarnaSants'09. Casi ya se tenía ganado al público antes de salir justo por su espalda –guitarra en mano y vestido como Jesucristo pero con botas–, y subir a un escenario que se llenó de luces, y nunca mejor dicho, ya que de eso se trataba el nuevo espectáculo. Un juego de luces y voz, medio teatro medio concierto, que fue el que realmente marcó la diferencia entre él y el resto de artistas. Políticamente incorrecto, consiguió rápidamente hacer sonreír al público al presentarse diciendo: "Soy Albert Pla y cantaré canciones", por si alguien no tenía claro dónde estaba y qué iba a pasar.
La crítica social fue una tónica durante todo el concierto del de Sabadell, con piezas que hablaban del amor ('Corazón'), farras (con un delirante viaje lisérgico por Catalunya con 'Juerga catalana' en versión autóctona, como tocaba, o 'Hongos'), maltrato ('Malos pensamientos') o estados quemados (con 'La colilla', que acaba por incendiar todos los Estados Unidos) y que arrancaron los aplausos y las sonrisas de los presentes constantemente. De su voz infantil, tan aguda que a veces cruzaba la línea del murmullo, salían monólogos que explicaban historias crudas y delirantes, cotidianas y sorprendentes, donde la tragedia y la serenidad no hacían más que remarcar su disconformidad con la sociedad actual.
En esta ocasión, Albert Pla había preparado un espectáculo en torno a las letras de 'La diferencia' donde él se encargaba de ambientarlo con humo y apagando y poniendo en marcha las luces del teatro y las que colgaban de la estructura metálica en forma de marquesina diseñada en el escenario. De esta forma, bien sencilla pero muy efectiva, las luces iban recreando diferentes situaciones y atmósferas que servían para introducir más, si cabe, los espectadores en el show. Una vez más, después de veinte años dando guerra, Albert Pla salió glorioso aunque, después de tocar 'Papa yo quiero ser torero', ya casi un himno generacional, se marchó por la puerta que quedaba tras los asientos.
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